martes, 27 de mayo de 2014

El Mar de la Introspección

  Y pasó tanto tiempo sin calmar su incesante necesidad de escribir, diluida entre las obligaciones de la vida cotidiana, que cuando pudo intentarlo no supo qué escribir y se perdió en el mar de sus propias palabras, incapaz de sacar a flote un barco azorado por las violentas olas del tormento del olvido, que lo habían hundido en el fondo del pozo de su ser. Pese a ello no pudo hacer otra cosa que tomar los remos del navío y recorrer con calma la infinita masa líquida que se extendía ante él, buscando una costa que se había vuelto cada vez más inalcanzable. Agarró el timón y puso rumbo hacia el destino del cual los vientos de los mares y océanos le habían desviado de forma casi imperceptible durante su larga travesía. Con un ansia implacable y voraz desplegó las velas del bergantín y sopló con todas sus fuerzas como si de sus pulmones pudiera emanar un huracán. En efecto, eso hizo, surgió un huracán.

  Más cuando uno surca el Mar de la Introspección debe comprender que a menudo se topa con sus propias ideas, como islas que surgen de la nada tras una espesa niebla, y más a menudo aún esas ideas conllevan graves consecuencias, pues es propio de nuestra naturaleza que nuestras cabezas estén pobladas de malas ocurrencias. Negar este hecho sería negar todo valor a nuestra existencia. Es por ello que nuestro protagonista, poseído por el deseo ciego de alcanzar la orilla sin disfrutar del viaje, fue la causa de su propia perdición. Las velas se desataron de sus amarres y pronto fueron arrancadas del mástil impulsadas por la fuerza eólica. De la misma forma sucedió con las tablas de madera de la cubierta, que tras un breve crujido se deshicieron de los clavos que las mantenían sujetas al buque y emprendieron el mismo vuelo que sus compañeras textiles, las cuales habían aceptado tan de buen grado su nueva actitud voladora, que ya se hallaban a una distancia imposible de medir en millas, compitiendo por ver cual de ellas llegaba más lejos.

  Por si fuera poco, con ese barco destrozado al cual le faltaba la proa, seccionada por el mordisco de la ventisca, tuvo que atravesar la tormenta que se levantó poco después y que reunió a su llamada en un negro espiral todas las nubes colindantes de un cielo hasta entonces despejado. Fue entonces cuando recordó entre el resplandor de los relámpagos y el zumbido de los truenos por qué había decidido abandonar la intensa vida de piratería y había optado por llevar a cabo empresas más ordinarias, propias de las personas normales con vidas normales; personas que no poseen barcos y desconocen mares más allá de los propios que les enseñan en las escuelas; personas sin sueños ni ambiciones, sin pasión. Por un instante deseó ser como ellos y dejarse llevar por las corrientes, abandonado a la suerte de unas aguas que ya no le pertenecían. Se reprendió mil veces a sí mismo por haber sido tan cabezota al pensar que podría recorrer un camino que estaba vedado tras su última estancia a bordo de su pequeño Rolly Roger. No pasó mucho tiempo hasta que un rayo le alcanzó de pleno en el pecho y lo tumbó instantáneamente sobre la nave, junto con la cual empezó a hundirse mientras por sus ojos pasaron imágenes fugaces de su vida, recuerdos olvidados en los rincones de su memoria, que en ese momento afloraron con la celeridad de la sangre que brota de una herida abierta. Revivió su infancia, las interminables noches infantiles que había dirigido la vista al cielo con la esperanza de alcanzar las estrellas con sus manos y dormirse en el abrazo de la luna llena mientras veía pasar infinidad de constelaciones de nombres desconocidos ante sus ojos. Se contempló a sí mismo en la misma escuela en la que a los niños corrientes se les enseña los pocos mares que todos creen conocer, observó como mientras los demás asimilaban con resignación la información que se les proporcionaba, él la rechazaba por completo ya que por ese entonces ya había comenzado a meter los pies en aguas que otros nunca podrían alcanzar. Apesadumbrado comprobó como conforme pasaban los años cada vez sus escapadas marítimas se habían vuelto menos numerosas y más complicadas, hasta el punto de que la última vez que decidió hacerse a la mar, regresó en cuanto el viento comenzó a soplar en su contra.

   No lo había intentado.

  NO lo había intentado, ahora lo recordaba. Los años siguientes se quejó por la poca disposición del Mar de la Introspección a dejarse navegar, cuando en verdad había sido él quien había embravecido de forma descontrolada su fuerza. Él mismo había provocado que las aguas fueran intransitables. Había empezado a creer con tanto ímpetu que eran unos dominios tan complicados de recorrer, que al final habían resultado imposible de ser recorridos. El tenía el poder sobre el mar, él era el mar, el debía restablecer su orden natural, debía redirigir su curso.

  Con la misma fuerza centelleante con la que el rayo le había alcanzado se levantó del sitio y buscó a tientas los remos, que encontró mutilados por la tormenta, por lo que se dispuso a remar con sus propias manos desnudas, método poco efectivo, pero no inservible. De este modo consiguió atravesar después de lo que parecieron siglos la intensa tormenta, tras lo cual pese a las crecientes ganas que tenía su cuerpo de descansar o llevarse algo a la boca siguió remando incansablemente de forma interminable durante unos cuantos siglos más. Esta vez nunca se dio por vencido. Sufrió miles de tormentas más, encalló incontables veces, volcó el barco otras tantas, pero nunca se rindió y prosiguió su viaje hasta que por fin, el día menos pensado, divisó a lo lejos el contorno recortado de una playa.

  Y remó con más fuerza que nunca, arrastrando sus agotados brazos, hasta que por fin la contempló con claridad ante sus ojos, a sólo unos palmos de distancia. Por fin podría ser capaz de pisar con los pies la tierra firme que había soñado con alcanzar desde que era un crío, por fin podría ver cumplido sus sueños, por fin tenía la oportunidad de ser feliz, iba a conseguirlo. Por fin.

Siguió remando...

viernes, 16 de mayo de 2014